Esta noche en el salón Los Ángeles no hubo cumbia, ni danzón. Nadie pulió el piso… porque esta noche fue noche de matas largas, headbanging y mucho ruido vibrando en nuestro cuerpo.

El recinto, que está próximo a cumplir 80 años, abrió sus puertas a tres bandas de metal que cumplieron con una noche impetuosa, fuera de la rutina y el tedio de una semana sin música en vivo.

A las 9 pm sólo había unas 50 personas al interior, así que muchos complementamos la espera con una chela y tomamos asiento en lo que el primer acto comenzaba: Vyctoria.

Esta banda se autodefine como una fusión armoniosa de poder, disonancia, tranquilidad y ruido. Es proveniente de la Ciudad de México y destaca, como contadas agrupaciones del género, por incluir en su alineación a una mujer.

Con 40 minutos de retraso, el cuarteto comenzó a raspar cuerdas y percusiones que resonaron en las grandes bocinas que adornaban el escenario. Una luz roja invadió el lugar y las voces de los asistentes dejaron ver la emoción de una noche que apenas comenzaba.

La sobriedad con la que estaba iluminado el lugar estuvo muy acorde con los sonidos suaves que nos regaló Vyctoria al comienzo. Los asistentes escuchaban atentos y en ocasiones esa tranquilidad se veía interrumpida con el cambio anímico de la interpretación; unas veces en calma, otras veces violenta.

Tuvieron un set demasiado corto (poco más de media hora) en lo que pareció una sola melodía sin fin. Y a pesar de que se habían detenido un momento para recibir el halago del público, el show parecía continuar, de no ser porque el violín en manos de Gibrana Cervantes y los instrumentos de David, José y Juan, fueron interrumpidos por música de fondo. Y sin más, bajaron del escenario agradeciendo la presencia de todos ahí.

No pasaron más de 15 minutos y los chicos de Apocalipsis ya hacían lo suyo. Con un estilo mucho más estridente, su música fue una carga de alto voltaje para todos. Más cabezas se movían al ritmo de los instrumentos que ejecutaban un post black metal más frenético.

Su setlist fue más largo, a pesar de los problemas técnicos que sufrieron en el transcurso. La gente se quejó de esto y pedía con urgencia que continuara la música. La matas no querían descansar. Sin duda, este previo fue perfecto para abrir el apetito por Russian Circles.

Los preparativos para recibir a esta banda oriunda de Chicago, Illinois, tardaron más de media hora. Los asistentes aprovecharon el tiempo para beber más cerveza, charlas y aumentar la expectativa del acto final.

Entonces las luces volvieron a encenderse y un humo blanco invadió el escenario. Los chiflidos y gritos de emoción se unificaron. Todos aquellos que estábamos sentados en los extremos del lugar nos levantamos rápido para acercarnos a la agrupación. Aquellos que somos más cortos buscamos el mejor lugar posible para ver y apreciar la ejecución, más profesional y maestra, de Dave Turncrantz, Mike Sullivan y Brian Cook.

Sin mencionar una sola palabra, los tres tomaron sus instrumentos y comenzaron a tocar “309”. Sus ejecuciones limpias y potentes fueron lo mejor. La calidad del sonido impactó a todos.

Entre sus interpretaciones pudimos escuchar “Mládek” de Empros (2011), “Deficit” (Memorial, 2013), “Vorel” y “Afrika” (Guidance, 2016), entre otras tantas.

Cada melodía parecía contar una historia, cada una parecía librar una batalla interna de quienes las escuchábamos. No hacían falta letras, sólo un par de oídos y un cuerpo dispuesto a dejarse llevar y sentir.  

Estos sentimientos aflorados con el post metal y rock progresivo nos llenaron de satisfacción e incluso de reflexión. Los momentos eran densos y suaves a intervalos, inundando de dramatismo y estructura a toda su interpretación.

Más de una hora y media de música nos hizo mover la cabeza a todos, a veces con euforia, otras veces llenos de melancolía; cada uno en sus adentros con sus historias.

Durante todo su show, no pude evitar pensar que este es el tipo de agrupaciones que debemos recomendar y escuchar. Oportunidades como éstas son difíciles de repetir constantemente en la Ciudad de México, así que hay que aprovecharlas y apostar por ellas.

No hubo necesidad de anunciar el fin. Al escuchar los primeros sonidos de “Young Blood”, sabíamos que esto estaba por terminar. La música que nos llevó de la mano durante toda la noche, nos contaba por sí misma el desenlace y esto en lugar de desmotivarnos, nos entusiasmó.

Cuando “Death Rides a Horse” comenzó a sonar, lo hizo con tanta fuerza y espíritu que parecían darnos las gracias por asistir, mientras nuestra cabeza y movimientos devolvían el agradecimiento.

No dijeron nada, sólo alzaron sus bebidas en un acto de brindis y Dave, Mike y Brian salieron sonrientes del escenario. Muchos creímos que habría un “encore”, pero no, gente entró por los instrumentos y nosotros nos dimos la vuelta más que satisfechos.